Estaba oscureciendo. El Lobo se alejó de su manada al ver una posible presa. La liebre sintió la presencia de un depredador e inició la persecusión. El canino iluso, creía que daría alcance a aquella comida..pero se equivocó..y la noche estaba encima de él.
Lobo no sabía dónde refugiarse. Conocía la zona, lo que habitaba en ella. Era presa fácil para las serpientes venenosas del lugar y a los grupos de leonas que patrullaban, acabarían con él en un instante. Decidió caminar y caminar, hasta que escuchó un aullido a lo lejos. 'Por fin los encontré', pensó para adentro. Gracias a su increíble audición, Lobo pudo seguir los aullidos. Había recorrido bastante, hasta que por fin, encontró una casa en medio del bosque.
Lobo se quedó tras los arbustos y decidió examinar el lugar, para ver si era zona segura. Procuró hacerlo con el mayor sigilo posible, hasta que el aullido se detuvo. Lobo comenzó a temblar. Sabía que si era como uno de él, ya hubiese notado su presencia. Para su sorpresa, de la casa apareció una loba con poco pelaje y se notaba que estaba mal alimentada. Ahí entendió que ella era la dueña del hogar, de los aullidos y sabía que tenía visitas. Loba salió y decidió mostrarse moviendo la cola, intentando seducir a Lobo. Él no tenía lugar donde quedarse, así que pasó al hogar y se acostó junto a Loba.
Se acomodó en la vivienda, aunque no era grande pero cabían los dos con plena facilidad. Loba pudo pegar ojo al instante, pero Lobo no logró hacer lo mismo. Todavía no sabía qué era lo que estaba a su alrededor. Era una gran edificación, junto a la casa de Loba, pero era la primera vez que veía algo de tal tamaño. También lo inquietaba el saber qué hacía una loba lejos de su hábitat. Además de tener mala alimentación, cómo era posible de que pudiera sobrevivir estando ella sola. Lobo no lo entendía. Y no lo pudo comprender. Volteó para ver a Loba y decidió intentar dormir. Disfrutaba de su presencia, pero estaba cansado para seguir trabajando su cabeza.
Lobo despertó. Recién acababa de amanecer y Loba aún seguía durmiendo. Él no sabía qué hacer. Giró su visión a Loba y miró sorprendido su pelaje. No era como el de él. Lobo se quiso convencer de que era por su poca facilidad para comer. Pero él sabía de que eso, no era verdad. Se levantó, y decidió marcharse. Miró a Loba por última vez y fue a buscar a sus compañeros.
La caminata era larga, y él solo era un lobo en medio del bosque. Para llegar a la nieve debía atravesar varios kilómetros, pero estaba dispuesto a hacerlo. Se prometió a sí mismo que iba a volver. No iba a dejar sola a Loba.
En su trayecto, no dejó de pensar en lo que había pasado. Loba le quitaba gran parte de sus pensamientos. Para él era imposible no mirar el suelo. Estaba desconsolado. No tenía bien en claro por qué, pero así se sentía. Creía que algo pudo haber hecho.
Luego de varios días, Lobo por fin, llegó a casa. La manada lo recibió con alegría, excepto uno de sus integrantes. El más grande de todos en el grupo, el Jefe, le recriminó el hecho de separarse del grupo. Jamás iba a perdonarle semejante acto de egoísmo. Ir por una liebre no era excusa suficiente para alejarse de sus compañeros. Lobo no se quedó callado y les contó a sus compañeros de Loba.
Jefe se acercó a Lobo. Puso cara a cara con él y le mostró todos sus filosos y fuertes dientes. Jamás había perdido una batalla, menos una cacería, algo por lo que Lobo había desaparecido. No estaba para tolerar actos de amor y se lo hizo saber.
Lobo sufrió una potente mordida en pierna izquierda trasera que le impedía caminar con facilidad. Jefe lo había dejado en el suelo. El próximo ataque iba a ser devastador. El líder tomó impulso y cuando iba a impactar el segundo golpe, la manada irrumpió. No iban a dejar que un compañero muriera por otro de su misma raza. Jefe le perdonó la vida, pero Lobo no iba a volver con la manada. Él estaba realmente herido, igualmente se puso de pie y le mostró a Jefe y el resto sus dientes. Les hizo entender que lo habían dejado morir. No solo a él, sino también a la Loba. Lobo emprendió viaje hacia donde se ubicaba Loba, la manada partió a lo profundo de la nieve.
El camino era largo, nuevamente. Lobo se lamentó por volver, pero ya era tarde. Debía hacer lo posible para regresar con Loba. Su pierna estaba herida y el dolor que le generaba al caminar era insoportable. Luego de días de camino y blanco, Lobo divisó verde a lo lejos. El bosque comenzaba. Aún quedaba largo camino por recorrer, pero estaba cerca. O eso era lo que creía.
Lobo caminaba como podía por los arbustos y árboles cuando se quedó inmóvil. Oyó pisadas. No era una, sino varias. Y cada vez más cercanas. Decidió esconderse en un rosal, que era lo que más cercano estaba de él. Las espinas hacían fuerza sobre su herida pero él se tragó todo su dolor para no generar ruido alguno.
Él vio cómo las leonas iban avanzando lentamente. La líder iba delante del resto. Parecía que estaba bien cuidada y alimentada. Sus músculos eran visibles incluso desde la lejanía de Lobo. Cuando en eso, una Leonita pasa cerca del rosal y ve a Lobo en él.
Leonita se acerca al mismo y ve que había un lobo escondido en el rosal. Lo que después vio es que estaba sufriendo. Tenía una gran mordida en una de sus piernas que le impedía movilizarse. Leonita decidió llamar a la Líder, para ver qué hacía con él.
Luego de una ardua charla entre las felinas, Líder se acercó a Lobo y le mostró los dientes. Ella lo agarró despacio y lentamente lo fue sacando del rosal. Luego, Leonita le convidó carne que habían cazado anteriormente. Lobo, confundido, agradeció y comió en un instante la carne de conejo que le habían regalado. La líder y el resto se fueron. Leonita se quedó mirando a Lobo, él le agradeció nuevamente y se marchó. Leonita miró al piso un largo rato, y decidió volver con sus compañeras.
Lobo siguió camino. Estaba cerca realmente y su entusiasmo era visible. Una herida grave no era suficiente impedimento para no ver a Loba. Hasta que una noche de luna llena llegó.
Calmó su avance y esperó. Sabía que el momento llegaría. Y llegó finalmente.
De nuevo los aullidos se hacían notar. Y Lobo obviamente los siguió con su oído. Pero el aullido frenó al instante. ¿Qué estaba ocurriendo? A los diez segundos, otra vez el aullido. Aceleró la marcha, necesitaba saber qué sucedía.
Hasta que por fin. Volvió al hogar. Pero, no encontró lo que quería ver. La casa de Loba estaba vacía. Y la edificación de al lado.. No era más que un hogar de humanos. Lobo rodeó la casa y la vio. Junto a ella, dos niños y una pareja de adultos disfrutaban de su presencia y le brindaban cariño. Lobo lo entendió todo. No era una loba. Era una perra. Había recorrido tanto para nada. No podía acercarse. Él era un lobo. El trato con humanos era diferente que un perro.
Marcharse, era su única opción y es lo que hizo. A pocos metros del lugar una roca grande descansaba en la zona. Se posó sobre ella y miró a la luna. Aulló gran parte de la noche. La herida era fatal. No había vuelta atrás. En la otra pierna además, yacía otras lastimaduras. Parecían procedentes del rosal, pero no eran de espinas, parecían colmillos. No sabía de dónde venían.
Aulló lo que pudo. Pensó en Loba. No quería saber que era Perra. No quería ver la realidad. No podía entrarle en la cabeza. No entendía por qué no podía estar con ella. No lo quería saber. Lobo aulló nuevamente. Su voz parecía desvancerse frente a la luna. Y otro aullido a lo lejos volvió a resonar. O eso era lo que creía. Pensó nuevamente en Loba. Eran tan parecidos, pero a la vez tan diferentes. Aulló por última vez, pero su cuerpo dijo basta. Y el cuerpo de Lobo posó en silencio frente a la luna llena durante el resto de la noche.
Ciego de corazón
El camino era largo, nuevamente. Lobo se lamentó por volver, pero ya era tarde. Debía hacer lo posible para regresar con Loba. Su pierna estaba herida y el dolor que le generaba al caminar era insoportable. Luego de días de camino y blanco, Lobo divisó verde a lo lejos. El bosque comenzaba. Aún quedaba largo camino por recorrer, pero estaba cerca. O eso era lo que creía.
Lobo caminaba como podía por los arbustos y árboles cuando se quedó inmóvil. Oyó pisadas. No era una, sino varias. Y cada vez más cercanas. Decidió esconderse en un rosal, que era lo que más cercano estaba de él. Las espinas hacían fuerza sobre su herida pero él se tragó todo su dolor para no generar ruido alguno.
Él vio cómo las leonas iban avanzando lentamente. La líder iba delante del resto. Parecía que estaba bien cuidada y alimentada. Sus músculos eran visibles incluso desde la lejanía de Lobo. Cuando en eso, una Leonita pasa cerca del rosal y ve a Lobo en él.
Leonita se acerca al mismo y ve que había un lobo escondido en el rosal. Lo que después vio es que estaba sufriendo. Tenía una gran mordida en una de sus piernas que le impedía movilizarse. Leonita decidió llamar a la Líder, para ver qué hacía con él.
Luego de una ardua charla entre las felinas, Líder se acercó a Lobo y le mostró los dientes. Ella lo agarró despacio y lentamente lo fue sacando del rosal. Luego, Leonita le convidó carne que habían cazado anteriormente. Lobo, confundido, agradeció y comió en un instante la carne de conejo que le habían regalado. La líder y el resto se fueron. Leonita se quedó mirando a Lobo, él le agradeció nuevamente y se marchó. Leonita miró al piso un largo rato, y decidió volver con sus compañeras.
Lobo siguió camino. Estaba cerca realmente y su entusiasmo era visible. Una herida grave no era suficiente impedimento para no ver a Loba. Hasta que una noche de luna llena llegó.
Calmó su avance y esperó. Sabía que el momento llegaría. Y llegó finalmente.
De nuevo los aullidos se hacían notar. Y Lobo obviamente los siguió con su oído. Pero el aullido frenó al instante. ¿Qué estaba ocurriendo? A los diez segundos, otra vez el aullido. Aceleró la marcha, necesitaba saber qué sucedía.
Hasta que por fin. Volvió al hogar. Pero, no encontró lo que quería ver. La casa de Loba estaba vacía. Y la edificación de al lado.. No era más que un hogar de humanos. Lobo rodeó la casa y la vio. Junto a ella, dos niños y una pareja de adultos disfrutaban de su presencia y le brindaban cariño. Lobo lo entendió todo. No era una loba. Era una perra. Había recorrido tanto para nada. No podía acercarse. Él era un lobo. El trato con humanos era diferente que un perro.
Marcharse, era su única opción y es lo que hizo. A pocos metros del lugar una roca grande descansaba en la zona. Se posó sobre ella y miró a la luna. Aulló gran parte de la noche. La herida era fatal. No había vuelta atrás. En la otra pierna además, yacía otras lastimaduras. Parecían procedentes del rosal, pero no eran de espinas, parecían colmillos. No sabía de dónde venían.
Aulló lo que pudo. Pensó en Loba. No quería saber que era Perra. No quería ver la realidad. No podía entrarle en la cabeza. No entendía por qué no podía estar con ella. No lo quería saber. Lobo aulló nuevamente. Su voz parecía desvancerse frente a la luna. Y otro aullido a lo lejos volvió a resonar. O eso era lo que creía. Pensó nuevamente en Loba. Eran tan parecidos, pero a la vez tan diferentes. Aulló por última vez, pero su cuerpo dijo basta. Y el cuerpo de Lobo posó en silencio frente a la luna llena durante el resto de la noche.
Ciego de corazón